Notas · Bufetes de abogados

El asistente que dice que no es abogado.

Qué puede hacer un asistente de IA en la web de un bufete, qué debe decir de sí mismo y qué no debe contestar nunca, con las normas de Suiza y de la UE.

Daniel Esteban Feo6 min de lectura

Son las once y cuarto de la noche. Alguien que acaba de perder a su madre abre la web de un bufete y escribe en el chat: «¿Debo aceptar la herencia?». Al día siguiente tiene que hablar con su hermana y quiere llegar con algo claro.

Hay dos maneras de fallar a esa persona. La primera es no contestar nada hasta el lunes. La segunda es contestar a la pregunta. Un asistente que responde «depende, pero en general conviene aceptar a beneficio de inventario» está dando un consejo jurídico sin conocer el caso, sin control de conflictos y sin un abogado que responda de él.

El asistente de Orvalle, el bufete imaginario que diseñé para este sector, hace una tercera cosa. Dice que es un asistente de IA y no un abogado, explica que esa pregunta necesita a una persona que conozca el caso y ofrece la primera consulta en el despacho que corresponda. Si la persona quiere seguir, le pide solo los nombres para comprobar conflictos. Todo en el idioma en que le escribieron.

Decir que es una máquina.

En la UE, el artículo 50 del Reglamento de Inteligencia Artificial se aplica desde el 2 de agosto de 2026. Un sistema de IA que interactúa directamente con personas debe estar diseñado para que sepan que hablan con una máquina, salvo que resulte evidente por el contexto. El reglamento alcanza también a quien está fuera de la UE cuando la información de salida del sistema se utiliza en la Unión, algo habitual para un bufete suizo con clientes en España o en Alemania.

Suiza no tiene todavía una ley específica sobre IA. Pero el Comisionado Federal de Protección de Datos y Transparencia considera que la ley de protección de datos vigente se aplica directamente a la IA, y que quien habla con un sistema así tiene derecho a saber si trata con una máquina. Por caminos distintos, un despacho en Lugano y otro en Madrid llegan a la misma primera frase.

En la web de un bufete, esa frase importa más que en otras. El cliente puede creer que lo que escribe ya está protegido por el secreto profesional, o que la respuesta compromete al despacho. Decir desde el principio quién habla evita los dos malentendidos.

El secreto, con un proveedor en medio.

Un asistente de IA funciona casi siempre con el modelo de un proveedor externo. Eso no es nuevo para un bufete: el correo, la nube y el programa de gestión también son de terceros. Lo que no cambia es la obligación de cuidarlo. En Suiza, el artículo 13 de la ley de la abogacía obliga al abogado a hacer respetar el secreto a sus auxiliares, y el artículo 321 del Código Penal castiga también a los auxiliares que lo revelen. En España, el artículo 22.4 del Estatuto General pide hacer respetar el secreto a colaboradores, personal y demás personas que cooperen con el abogado.

En la práctica, eso significa tres cosas: saber dónde se procesan los datos y si se guardan, tener un contrato con el proveedor que lo diga por escrito y no meter en el asistente lo que no necesita. El mejor dato confidencial para un chat es el que nunca llega a él.

Lo que el sector ya está haciendo.

La abogacía no llega tarde a la IA. En enero de 2026, el Consejo General de la Abogacía Española presentó un Libro Blanco sobre el uso de la IA en la profesión, según el cual el 60 % de los profesionales ya utiliza aplicaciones con IA. La pregunta ya no es si un bufete la usa, sino dónde, con qué límites y con qué cara ante el cliente.

Cómo se comporta el asistente de Orvalle.

  • Se presenta. Su primera frase dice que es un asistente de IA del bufete y que no es abogado.
  • No da consejo jurídico. Explica cómo trabaja el despacho, qué cuesta la primera consulta y quién lleva cada tipo de asunto. Ante una pregunta sobre un caso, deriva a una persona.
  • No pide hechos. Si el cliente quiere continuar, pide nombres para el control de conflictos, nunca el relato.
  • Avisa a tiempo. Si alguien empieza a escribir detalles de su caso, le sugiere que los guarde para la consulta.
  • Ofrece una persona. Siempre hay un camino visible hacia el equipo, con el horario y la zona horaria de cada despacho.
  • Habla el idioma del cliente. Italiano, español, alemán, francés, inglés o chino, con las mismas reglas en todos.

Adónde van los datos.

Un asistente así no necesita guardar conversaciones para funcionar. Puede borrar el texto al cerrar la sesión y conservar solo lo que el cliente decidió enviar: los nombres y la cita. Puede funcionar sin cookies de seguimiento. Y su base de conocimiento puede limitarse a lo que el bufete ha publicado, para que no invente servicios, precios ni plazos.

Todo esto se decide al diseñarlo, no después. Por eso, cuando construyo un asistente para una empresa, escribo primero lo que no debe hacer.

Lo que gana el bufete.

El asistente no sustituye a nadie del despacho. Hace el trabajo que hoy se pierde: la pregunta de la noche que nadie contesta, el cliente de otro país que no se atreve a llamar, la llamada de cinco minutos para explicar cuánto cuesta una primera consulta. Y entrega a la primera reunión los nombres comprobados y la cita pagada.

Escriba la pregunta que más le hacen en la primera llamada, esa que nadie debería contestar sin conocer el caso. Ahora imagine que la recibe su web a medianoche, en otro idioma. ¿Qué preferiría que pasara: que la web contestara, que callara, o que supiera explicar por qué no contesta y qué hacer a continuación?

Para mí, en un bufete solo la tercera es aceptable, y es la más difícil de construir. Puede ver al asistente de Orvalle hacerlo en el concepto, en seis idiomas. Si quiere uno para su bufete, empiece por el Diagnóstico Estratégico o, si su web ya está bien resuelta, por el Análisis de Automatización.